Visitando a los prisioneros

Montserrat en el patio de la casa con un grupo de niños de la vecindad.

La congregación celebra este año los 150 de su fundación y yo celebro mis 50 años en la congregación. ¡Qué agradable coincidencia! Doy gracias a Dios porque encontré lo que buscaba, en las Hermanas Misioneras de Ntra. Sra. de Africa.

Mi recorrido por Africa ha pasado por Kalemie en la R.D. del Congo, una ciudad preciosa al borde del lago Tanganica. No olvidaré mi primera misa en Africa. Era domingo y la coral con instrumentos africanos, tenía ritmos muy vivos. Le decía a Dios ‘Señor esta es el Africa de mis sueños’. Aquella Misa me confirmaba en mi vocación. Tenía mis pies en un entorno realmente africano.

La gran visión del Cardenal Lavigerie, nuestro fundador, era que nuestra congregación y la de los Misioneros de Africa se enraizaran donde teníamos los pies. Nos invitaba a entrar en su cultura. Aprendí la lengua para poder acercarme a la gente, e ir descubriendo la vida del pueblo, su riqueza, sus valores, sus alegrías, sus sufrimientos, sus enfermedades, fallecimientos, nacimientos, bodas, duelos… con mucha pobreza y limites por nuestra parte, pero también con mucha alegría, viviendo con ellos, escuchar sus vidas, ver la realidad en profundidad y vivir en nuestras relaciones y actitudes el Evangelio, la Palabra de Dios expresada en su lengua y cultura.

Luego fui a un Centro de catequistas en Bunia, en el Noreste del país. Era el comienzo de las comunidades de base. Una señora comerciante de ‘a pie’ que llevaba toda su mercancía en los hombros me contaba como ella vivía su Eucaristía. ‘No puedo participar en la Misa pero para mí la Eucaristía es dar mi vida con mi trabajo para poder mantener a mi familia. Participo en la vida de Jesús, ya que como El yo también doy la vida por mis hijos.”La fe escondida y vivida de esta mujer, me ha acompañado hasta hoy. Doy gracias al Señor por ella y por tantos otros que dan su vida cada día por amor.

Montserrat compartiendo la Palabra de Dios con una familia

Me enviaron a la parroquia de San Gabriel en el barrio de Yolo en Kinshasa. Es un barrio popular con mucho ambiente y ritmo. Hay movimiento de día y de noche. Unos venden de día, otros de noche. Compran y transforman o revenden. Asi sacan algo para comer ellos y su familia… Los mercados de la noche se llaman “Mi marido no me dio nada”, en ese caso, la mujer solo puede ir a comprar la cena cuando el marido vuelve a la caída de la tarde.

Tuve que aprender Lingala, la lengua de Kinshasa. Trabajé en la parroquia animando y preparando a los catequistas de las comunidades de base. Entonces había pocos agentes de pastoral: sacerdotes y religiosas y confié en las mamás y los papás catequistas. Les visitaba en sus casas a través los tortuosos corredores que unen las casas. Recorría Yolo Norte y Sur visitando y animando. La parroquia se volcaba en los momentos fuertes pero tristes que eran los duelos tradicionales.

Montserrat con jóvenes del barrio que le ayudan en la parroquia.

Los jóvenes me ayudaban en el secretariado de la catequesis, así que el trabajo era una gozada. Hacia alfabetización en otra parroquia. Un día una mamá me dijo: ‘En nuestra parroquia no hay alfabetización’. Fue una llamada para mí. Enviamos a grupos de jóvenes a formarse en distintos centros de formación profesional: electricidad, mecánica, costura y alfabetización para darles una oportunidad de empleo, que no fuera sirvienta domestica.  Con las chicas organizamos una catequesis-alfabetización para los que venían de los pueblos sin saber leer… Eso facilitaba su integración en esta gran ciudad.

Fue una época muy llena en todos los aspectos, donde las hermanas y la gente nos apoyábamos mutuamente.

Estuve unos años en Espungabera (Mozambique). Fuimos a Lisboa para aprender portugués. A nuestra llegada a Mozambique tuvimos que aprender el Chindao. Mozambique era para mí otro mundo. Fue un choque cultural enorme, pero me abrió nuevos horizontes. Cuando llegué tenía la impresión de no saber ‘nada’. Fue un empezar de nuevo.

Nuestra llegada en medio de la guerra dio esperanza a la gente. El día que llegamos a Espungabera cayó la primera lluvia tras dos años de sequía’. Eso fue un signo importante para ellos. Oímos a un hombre decir ‘La guerra ha acabado porque las hermanas llegan’. La gente vivía en una pobreza extrema a causa de la guerra y de la sequia. La única comida que tenían comida era lo que recibían de la ONU, un maíz amarillo que tenían vergüenza de ofrecer. Sólo nos invitaron a comer cuando unos meses más tarde cosecharon su maíz blanco.

Un día vino a visitarme un señor. Según la tradición al llegar a la casa de otro clan tienes que preguntar a qué antepasado vas a saludar. Me quedé sin saber qué responder… Pensé ‘aquí estoy como Misionera de Ntra. Sra. de Africa’, asi que dije Lavigerie es nuestro antepasado. Entonces él dio tres palmadas repitiendo cada vez ‘Lavigerie, Lavigerie, Lavigerie’. Creo que el Cardenal le acogió con cariño.

Llegamos hacia el final de la guerra civil. Un señor me dijo ‘Era tan duro, que para protegerse decidimos todos, no conocer ni el nombre del vecino. Así cuando nos pedían información sobre el vecino no podíamos decir nada’.

Los misioneros portugueses no habían aprendido la lengua del pueblo. Un día en la calle un señor nos dice ‘¿Vds. hermanas, están aprendiendo la lengua de los ‘cafres’? ¿Necesitan un traductor?’ Me dolió el nombre con que él se reconocía, pero era como les llamaban en Africa del Sur. El que aprendiéramos su lengua, les hacia reflexionar y sentían orgullo de poder enseñarnos su lengua.

Cuando llegó la paz, tuve la alegría de acompañar a un pueblo que salía de muchos años de sufrimiento. Vivíamos con ellos, entrabamos en sus casas, escuchábamos el dolor y la experiencia de tantos años de guerra y de hambre. Doy gracias a Dios por estos años con los mozambicanos.

Volvi a Kalemie donde comparti mi vida con un grupo de mamás vendedoras. Salían de una guerra y juntas íbamos avanzando. Pasé luego un tiempo en Kasongo, en la selva, ¡otra experiencia!

Celebración del Domingo de Ramos en la parroquia de Yolo en Kinshasa.

De vuelta a Kinshasa, sentía que no era el momento de volver a la parroquia pues se habían abierto caminos nuevos, y ahora los seglares eran los agentes de pastoral de la parroquia.

Mientras os escribo llueve en Yolo… La lluvia es excelente para los campos…, pero nuestra ciudad se transforma en un lago ya que los desagües están llenos de botellas vacías. Nuestros vecinos de Bomerge, cerca del riachuelo están inundados. Cada casa, se convierte en un lago… Todos tienen los pies en el agua.

Los niños juegan delante de las casas. Que hayan comido a no, son alegres y felices. Ellos juegan al balón, ellas sentadas en el suelo juegan a “mamás”. Acogerles es siempre una fiesta. Ellos y sus padres están contentos de visitarnos. Juntos vivimos los acontecimientos: la “graduación” al final de la escuela secundaria, los nacimientos, las muertes, la falta de electricidad, la falta de agua, internet que no funciona… Compartir la vida es un aspecto del deseo de Dios.

Kinshasa tiene todos los “atributos” de las grandes ciudades en países en desarrollo y nuestra comunidad responde a algunas de las necesidades que nos rodean. Alicia se ocupa de los llamados “niños de la calle”, aunque todos tienen una familia. Victoria trabaja en el Centro Maternidad de Bondeko, un barrio de gente muy pobre. La maternidad facilita el acceso a cuidados de salud de calidad a un costo muy bajo. Cada día son más numerosos en el Centro los enfermos de los barrios pobres.

Desde que llegué la última vez a Kinshasa decidí visitar la cárcel con hermanas de otras congregaciones. Actualmente voy a la cárcel para visitar a los presos y les echo una mano para hacer avanzar los expedientes de los que no reciben visitas. Los domingos participo en la Misa con los presos. Son muy numerosos. Mantienen limpio el local, un espacio donde vienen a relajarse y cambiar de ambiente.

A veces caminando por la ciudad se me acerca uno que ya ha salido de la cárcel. Qué alegría encontrarnos.  Ayer me encontré con uno de ellos y fue como si fuéramos de la familia.

Que Dios nos ayude a encontrar “Caminos nuevos” para anunciar la Buena Noticia y transformar las situaciones de sufrimiento y de injusticia.

Montserrat Roset, HMNSA

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